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Defensa a favor del voto en blanco

Por: Santiago Rojas Molina

Tradicionalmente, el voto en blanco ha sido considerado como un voto desperdiciado, cuyos índices se atribuyen más a errores al momento de depositar los votos, que a la verdadera intención de los votantes y cuyo poder político es nulo en medio de las contiendas electorales que se desarrollan en todo régimen democrático. No obstante, las pasadas elecciones parlamentarias del 14 de Marzo –en las cuales el voto en blanco fue triunfador en las elecciones para el Parlamento Andino- nos recuerdan que un escenario como el que se dio en dichas elecciones, no existe únicamente en las páginas de José Saramago, y que esa imagen del voto en blanco como una opción de voto inútil y vacía, no es del todo cierta. Muy por el contrario, es una alternativa electoral con verdadero potencial para marcar una diferencia.

En vista de ello, considero necesario reivindicar la opción del voto en blanco como una alternativa real de voto, pues en nuestra mentalidad colectiva generalmente es ignorada como tal.  El voto en blanco sirve como un mecanismo de presión hacia los partidos políticos, que los obliga a actuar con seriedad y diligencia en sus campañas políticas y a ofrecer al electorado propuestas concretas que sirvan de criterio para tomar una decisión informada. Pareciera ser que en las recientes justas electorales, nuestros partidos políticos olvidaron por completo esa presión que sobre ellos se ejerce, y ante la falta de visibilidad de propuestas, la pobre atención que se le prestó al tema en la campañas, y el desinterés generalizado por promover el voto para el Parlamento Andino e informar a la población, todos los partidos se vieron sancionados por el voto popular que prefirió darle la victoria al voto en blanco, que votar a favor de los partidos que no se habían movilizado para presentar una campaña decente y suficientemente convincente a sus electores. Cuando ningún candidato o partido ofrece propuestas adecuadas que logren convencer a sectores importantes de la población para votar a su favor, o no se molestan lo suficiente como para hacer campañas políticas serias y meritorias, el voto en blanco aparece como una alternativa política para exigir más de nuestros representantes. El voto favorable no es algo que se obtiene por transitiva, sino algo que se gana con propuestas y políticas serias, motivadas y  reales de los partidos y que no debe concedérseles a la ligera.

Además, el voto en blanco es una opción de voto importante que los ciudadanos apolíticos deben tener en consideración. En una democracia, no puede esperarse que todos los ciudadanos estén interesados por la política nacional, ni que estén realmente informados sobre lo que sucede en la arena política, como para poder tomar una decisión justificada a la hora de votar, pues la diversidad de proyectos de vida e intereses de la ciudadanía en general, son demasiado amplios como para pretender que todos sean ciudadanos políticamente activos. La neutralidad y el desinterés político, son libertades de las que las personas deben poder gozar y ello resulta respetable, pero por otra parte, el abstencionismo electoral no es neutral, sino que es un mal social que históricamente ha facilitado la cooptación del poder político sin una verdadera representatividad de la ciudadanía colombiana. Por ello, los ciudadanos apolíticos tienen el deber ciudadano de presentarse a las urnas y hacer valer su derecho al voto, para contribuir a erradicar el problema que representa el abstencionismo electoral.

No obstante lo anterior, muchos ciudadanos apolíticos se ven presionados por sus familiares, amistades y conocidos a darle su voto a los candidatos o partidos que ellos apoyan, y el hacerlo, resulta un acto irresponsable y reprochable, pues con ese voto están contribuyendo sin un verdadero fundamento, a algo a lo que realmente no apoyan, en lugar de ser fieles a sus propias ideas. En lugar de votar por Santos, Noemí o Mockus, sencillamente porque los demás lo hacen, los ciudadanos apolíticos o inconformes con las propuestas de todos los candidatos, no deben temer a utilizar la herramienta del voto en blanco como una forma de congeniar sus deberes ciudadanos con sus posturas respecto a la política; así evitando otorgar sin razones su voto a cualquiera. El voto en blanco es una opción política real, que en determinados escenarios puede llegar a marcar una verdadera diferencia como lo hizo en las elecciones del 14 de Marzo, pero solo cuando como ciudadanía comencemos a considerarlo como tal, es que éste dejará de ser una alternativa inútil e imperceptible y podrá convertirse en una verdadera alternativa política del electorado.

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La revolución verde

Por: Juan Sebastián Salinas.

Hoy hace doscientos años, los próceres de nuestra independencia desataron un movimiento y despertaron un sentimiento de gloria que con sangre tiño los campos de nuestra nación para hacerla libre, un grupo de soñadores se congregaron, persiguieron su sueño y lo conquistaron. Hoy, doscientos años después, se comenzó a cocinar la segunda revolución más grande que esta república independiente haya visto, una revolución gestora de consciencia social, una revolución cultural, cívica, y pacifica, una revolución de la sociedad y no de los políticos, nacida de la insatisfacción de la realidad política nacional, una revolución que se alza en contra de la politiquería, la corrupción, el clientelismo, y la ilegalidad que nos doblegan y nos atan día tras día. Nos han llamado locos, por perseguir este sueño, nos llaman chiflados por levantarnos en contra de las maquinarias políticas, sin embargo nos hemos encontrado con miles de locos que comparten los mismos sueños, y ahora el sentimiento de victoria se percibe en el aire, una victoria en la cual nuestra arma más poderosa es la decencia y nuestra maquinaria está compuesta por jóvenes, adultos, ancianos, mujeres y niños que comparten una visión del país, el país que soñamos.

Hoy doscientos años después traemos una revolución ciudadana que le devolverá al país las oportunidades, generadora de conciencia, retomando el concepto de política limpia y renovada, sin una bala, con esperanzas, recuperando el valor del recurso público y promoviendo la educación como motor de transformación social. Hemos sido testigos de la degradación de la política y decidimos tomar acción, no vamos a ser doblegados nunca más, desafiando a las maquinarias con girasoles, construyendo paso a paso nuestro capital más importante, la confianza. Es tiempo de despertar, que la sangre verde corra por nuestras venas, y que el sentimiento renovador y transformador nos invada, CADA UNO DE USTEDES es llamado a ser parte de esta revolución verde, son llamados hacer historia, vamos por la transformación de la sociedad, vamos por la transformación del país, vamos contigo, vamos por ti, porque compartimos tus sueños, tus ilusiones y tus expectativas para el país, hazlo por ti, por tus hijos, por tu nación, MOCKUS PRESIDENTE!

Carta abierta al senador Robledo

Por: Juan Serrano 

Senador Robledo,

decía usted por estos días en Hora 20 que la campaña de Antanas Mockus está montada sobre un “discursito ético bastante elemental” que se agota en las formas de hacer la política, pero no trasciende al debate del contenido de la política. A usted lo que le gusta, y por eso su invitación, es entrar al debate grueso: a hablar del agro colombiano, del empleo, de la salud, del libre comercio. De eso, senador Robledo, soy testigo: he visto sus sesudos debates en la Comisión V y en la Plenaria del Senado,  llenos de coraje y de la más fina oratoria, en contra del TLC, de la enajenación de una porción de Ecopetrol, de las políticas agrarias de este gobierno,  y en defensa de los desposeídos de Colombia. Pero no se olvide tampoco, Senador Robledo, de los grandes debates que hizo en estos cuatro años en contra de las Zonas Francas de los hijos del Presidente, el debate de Carimagua, y contra esa infamia que fue Agro Ingreso Seguro. Debates que, dicho sea de paso, le merecieron en buena medida el reconocimiento nacional del que hoy goza. Pero Senador Robledo, no nos digamos mentiras. Usted sabe mejor que yo, que la razón por la cual tuvo que hacer esos debates es que ese mínimo pacto social a partir del cual se debería ejercer la política, no existe en Colombia. A usted, Robledo, le viene tan obvio el respeto por las reglas de juego, el hecho de que no hay que robarse la plata de los colombianos, que hay que rechazar las trampas, el manzanillismo político, la infiltración de las mafias en el poder público y la connivencia con el crimen. Usted parte de la base de que todos los políticos deberían ser como usted: hombres honrados y políticos incorruptibles. Y yo estoy de acuerdo con usted, senador, pero tendrá que reconocer que Colombia es otra cosa. Que algo va, lo decía Echandía, de Dinamarca a Cundinamarca. Creo senador, que si Colombia fuera un país menos descompuesto al que nos ha dejado el “Uribato” -como usted lo llama-, los días no se nos irían estremeciéndonos y comentado el escándalo del mes, sino podríamos en cambio emplear nuestro tiempo escuchándolos a ustedes, los políticos, discutir sanamente sobre las políticas de fondo. Algo así debe ser la vida en un país menos bárbaro que éste.  

Senador Robledo, debo confesar que me da un poco de culillo esa invitación que hace de ir al fondo, porque me declaro profundamente ignorante de esos temas. No entiendo mucho de temas económicos, de debates tecnocráticos; no entiendo a qué se debe la crisis en el sistema salud ni tengo una propuesta para salvarlo; no tengo una opinión formada sobre el libre comercio ni el lugar que ocupo en el espectro de la dicotomía entre Estado y Mercado­… y sobre lo que no sé, hace tiempo que prefiero callar. Pero senador Robledo, a pesar de lo anterior que lo asumo como un mea culpa, creo saber más o menos bien en qué consiste un hombre honrado y un político decente,  y tal vez ni lea esto y ni le importe, pero quiero contarle que bajo esa lógica votaré.

Mi voto será ante todo, un voto de rechazo a estos 8 años de mal ejemplo, del todo vale, a la Parapolítica –o al “Parauribismo” como usted con tino le acuñó-, al “congresistas, voten mientras no estén en la cárcel”, a las “Chuzadas”, al nepotismo y sus zonas francas; será un voto en contra del “hombre incontaminado” que fue Jorge Noguera, de la “Casa de Nari”, de la Yidispolítica, de Agro Ingreso Seguro… en fin, usted  tendrá su propia lista de aberraciones y escándalos de este gobierno a dos tiempos. Escándalos, que como usted suele decir Senador Robledo, “en un país un poco más serio y menos descompuesto moralmente que Colombia, harían caer a un gobierno”. Colombia es otra cosa, repito.

No sé senador, si ha podido constatar el entusiasmo que ha despertado la candidatura de los verdes. Los jóvenes, tan asqueados de ustedes como género, están decididos a llevar a Mockus a la Presidencia de Colombia. En las páginas de los periódicos también se respira un clima esperanzador: hasta Coronell está ilusionado y Caballero reconoce de Mockus que “por lo menos es distinto”. Distinto a lo de siempre, a Juan Manuel y lo que implica. Yo en lo personal, estoy convencido de que la lucha contra la corrupción, el rechazo al poder mafioso y a la lucha armada cualquier sea su origen; el compromiso con un orden más justo e igualitario, con una sociedad más decente, educada e incluyente, no es –y no es deseable que lo sea- del monopolio de ninguna ideología, ni de ningún partido en particular, sea éste de izquierda o de derecha: es patrimonio de todos los demócratas. Mi voto fue por usted, mi voto será por Mockus, porque el problema de fondo también está en las formas.

¿Por qué no?, porque no

Por: Patricia Moncada

Con varios días de anticipación, Alejandra me propuso hacer una “entrada libre” en su blog de sociología jurídica. Pues bien, lo primero que debo hacer es pedirle disculpas porque le incumplí en la fecha de entrega, que se venció el viernes de la semana pasada. Así que, por si acaso, no es responsabilidad de ella que hasta este momento no tuviera en su poder mis 400 palabras.

Esto de hacer una “entrada” y “libre” a un “blog”, es una cosa demasiado –como dicen ahora- novedosa para mi. No sé qué es un blog, ni para qué lo usan, ni entiendo muy bien qué puede aportarle al de Alejandra que yo escriba sobre “lo que quiera”. Y lo que acabo de decir no es nada personal, sino que no tengo personalidad virtual, ni interés en adquirirla. No tengo facebook, no chateo, no le he comprado webcam a mi computador portátil, mi celular preferido es “una flecha”, en mi casa no hay televisor ni Internet, y me peleo con mi sobrina Alejandra cuando me llama por teléfono para contarme sus cuitas y al fondo alcanzo a oír el teclado de su computador…fijo que está chateando con diez más al mismo tiempo… Por eso, todavía no sé porqué no dije que no cuando Alejandra –no mi sobrina- me propuso escribir. Prefiero, para ciertas cosas, lo que está tan pasado de moda, que ya salió de circulación. Pienso en esos paseos sin papás a bordo y lejísimos de la casa, y entonces uno llegaba a un pueblo a buscar la oficina de Telecom para poner un “marconi”. Era lo máximo. Se demoraba en llegar muchísimo menos que una carta, porque uno escribía poquitas palabras pero dicientes – al estilo Toro Sentado hablando con cow boys blancos -; y el señor de la oficina tenía que ver lo que uno escribía, contaba las palabras, cobraba por palabra, y transmitía a alguna oficina central el texto que uno había escrito: “llegamos Manaure estamos bien pasado mañana Cabo de la Vela”, y pasado mañana seguro que el “marconi” ya había llegado a Bogotá. Y segurísimo que hace tiempos nadie recibe un marconi, y probablemente tampoco una carta a mano en sobe cerrado y con estampilla…y quién sabe cuánto tiempo de vida les queda a las postales… 

Comentario sobre el positivismo

Por:  Juliana Archila
Me gustaría compartir con ustedes un capítulo del libro “El problema del positivismo
jurídico” de Norberto Bobbio. El capítulo se llama “Jusnaturalismo y positivismo jurídico”
el cual en primer lugar, se acerca a estos dos conceptos desde diferentes ángulos y los
compara y en segundo lugar explica la relación de los mismos como ideologías y en tanto
teorías generales del derecho. A continuación explicaré en primera instancia las
definiciones de los dos términos en cuestión, más adelante explicaré las tres formas de
jusnaturalismo y la crítica que estas formas fijan para analizar la crítica positivista, según
Bobbio.

El jusnaturalismo se refiere a “aquella corriente que admite la distinción entre derecho
natural y derecho positivo y sostiene la supremacía del primero sobre el segundo”. El
positivismo, por el contrario, no admite la distinción entre el derecho natural y el derecho
positivo y afirma que no existe otro derecho que el derecho positivo”. Personalmente,
considero que estas dos definiciones, aunque pertinentes para el tipo de texto que el
autor plantea, son más que una definición de los términos una posición de cada uno de
los términos en relación con el otro. 

Ahora bien, sobre lo que me quiero enfocar, pues me pareció realmente interesante, es
sobre las tres formas de jusnaturalismo que expone el Bobbio y la crítica del positivismo
que se levanta a partir de estas. Antes que nada, es necesario decir que las tres formas
de jusnaturalismo que analizaré representan el hecho de que de una u otro forma el
derecho positivo depende, o recae sobre el derecho natural. Entonces empecemos con la
primera forma del jusnaturalismo, el modo escolástico. Esta forma supone que el derecho
natural está compuesto de una serie de principios éticos, en los cuales el legislador tiene
basarse para así poder formular el derecho positivo. Esto me resulta muy interesante,
puesto que como vimos en clase, el positivismo tiene que ver con la ruptura total con la
ética, cosa que en el fondo nunca compartí (aunque la crítica positivista que expondré
más adelante insista en que sí se tiene que dar esa ruptura) pues de algún lado, de una
serie de preceptos, ideas, teorías o creencias fijadas en el ser humano como tal, tiene
que surgir que se determinados hechos sean vistos de una forma u otra. Pero bueno, por
ahora volvamos a la segunda forma del jusnaturalismo, que se denomina como
racionalista moderno y que supone que en el derecho natural se puede encontrar la parte
preceptiva de la regla mientras que en el derecho positivo se puede encontrar la parte
punitiva de la norma, que en el fondo es lo que le da efectividad ya que al ser humano lo
dominan las pasiones y estas opacan su razón. Por último, Bobbio denomina a la última
forma del jusnaturalismo: hobbesiano, el cual dice que el derecho natural es el
fundamento de cualquier orden jurídico positivo. Una vez más tengo que incluir mi
posición personal, y estar de acuerdo con lo que acabo de mencionar, pues insisto en que
detrás de toda norma tiene que haber una consciencia que haya llevado a establecerla
así y no de forma diferente.
 

Por último voy a explicar las críticas que hace el positivismo en contra de las tres
posiciones anteriormente mencionadas, del jusnaturalismo. En contra de la posición
escolástica, el positivismo se acoge a lo que dice la crítica historicista que “no admite
principios éticos evidentes por sí mismo, con valor absoluto y universal”. Si bien es
verdad que la consciencia de la que yo opinaba antes, de cierta forma cambia a través
del paso del tiempo y de las culturas, el ser humano como tal, está dotado con una
principios indiferentes al paso del tiempo o cultura en cuestión. Por otro lado, en contra
de la segunda forma del jusnaturalismo, la racionalista moderna, el positivismo afirma
que todo tipo de comportamiento se puede transcribir en una norma jurídica, puesto que
no existen materias jurídicas privilegiadas. Finalmente, la crítica que supone Bobbio
contra la forma hobbesiana, es argumentado sobre un principio positivista muy
importante: que el derecho no se fundamenta sobre otro derecho, sino sobre un hecho. 

Me pareció  interesante la aproximación de este texto, pues muestra cómo el positivismo, tiene una
crítica o una respuesta al jusnaturalismo en cuanto a que este último pone al derecho
natural por encima del derecho positivo, como bien lo dice la definición de los términos
que expone el autor al comienzo.

Del uribismo y el desempleo

Simón Ganitsky White

“El referendo ha muerto”. Tal fue el apotegma con que la prensa nacional nos dio los buenos días el pasado sábado 27 de febrero, un día después de que Mauricio González leyera el comunicado en que la Corte Constitucional le informaba a la nación sobre la inexequibilidad del referendo reeleccionista. La euforia fue generalizada, pues no sólo hubo aplausos en la rueda de prensa tras el fallo de los magistrados, y no sólo salieron mujeres y hombres de bien a echar harina a las calles, sino que editorialistas, columnistas, reporteros, prelados y profesores coincidieron en sus diversos artículos y declaraciones en que lo que había que hacer era celebrar la buena nueva. Incluso nuestro ilustre y muy reconocido artista Juanes debió participar de la alegría colectiva, pues en 2008 dijo que “un tercer mandato puede ser negativo y peligroso para el presidente Uribe y el país”. Y la felicidad no era para menos, pues el fallo de la honorable Corte Constitucional deja pensar que todavía hay República de Colombia.

Sin embargo, tal regocijo generalizado, por justo y justificable que sea, deja un problema de suma importancia sin atender. Las afrentas del uribismo a la democracia colombiana van más allá de la reelección, por lo que el panorama político no deja de ser sombrío aun con la cabeza del referendo reeleccionista rodando frente a nuestros pies.

Ejemplos del carácter antidemocrático del uribismo sobran. Vale la pena recordar, primero, los diversos intentos fallidos y el último a medias logrado de penalizar el porte y el consumo de la dosis personal de la droga. Andrés Felipe Arias, sobre quien Carolina Sanín se preguntara hace unos días “¿cómo no va a tener complejo de castración aquel a quien todo un país llama “Uribito” por el diminutivo del nombre de su patrón?”, aseveró el año pasado que “lo que está buscando el Gobierno [al penalizar la dosis personal de la droga] es, precisamente, ejercer una protección coactiva para proteger a la sociedad y al consumidor mismo de los efectos de la droga”. No se necesita un doctorado en filosofía política para saber que “protección coactiva” suena más a falange que a parlamento.

Segundo, no está de más traer a colación la forma en que nuestro futuro ex presidente y sus consortes se han referido a sus opositores políticos a lo largo de estos ocho eternos años de Uribiato. Ya hace un tiempo acusó nuestro primer mandatario a Gustavo Petro de ser un “terrorista vestido de civil”. A la asociación Colombianos y colombianas por la paz, la calificó de “bloque intelectual de las Farc”. A José Miguel Vivanco, Director para las Américas de la ONG Human Rights Watch, lo definió como un cómplice y defensor de la guerrilla. Y no está de más recordar la ocasión en que Juan Manuel Santos, actual adalid del uribismo, acusó al candidato liberal a la presidencia, Rafael Pardo, de conspirar con la guerrilla en contra del gobierno de Uribe. El uribismo no parece compartir la importancia democrática que muchos filósofos políticos le han adjudicado a la protección y el respeto de las opiniones minoritarias. Ahora, para no quedarnos con sólo un lado del asunto, habría que ver hasta qué punto es justificable el miedo que Uribe y su cohorte sienten al oír hablar de intelectuales, o, aún peor, al enterarse de que un grupo de intelectuales está fraguando argumentos racionales en su contra. Se oyen rumores en el sentido de que, al oír la palabra inteligencia, ciertos funcionarios uribistas no pueden sino sacar sus fierros.

Esta lista (si es que a la enumeración de dos aspectos puede decírsele lista) podría llenar bibliotecas, superando incluso los varios tomos del pensamiento uribista que José Obdulio Gaviria dice estar editando. La forma en que el gobierno lidió con el escándalo de los mal llamados falsos positivos y la manera en que hundió la ley de víctimas en el congreso, permiten constatar que el concepto que encierra la enana política de la seguridad democrática constituye una contradictio in adjecto. Esto por la forma en que el uribismo entiende la seguridad, claro está. Las constantes afrentas del Presidente a los Magistrados de las altas cortes, en las que, palabras más, insultos menos, les reclama por contradecir los sagrados mandatos de la opinión pública mayoritaria, o simplemente por mandar a los familiares de Uribe a la Picota, no son precisamente un probo ejemplo del respeto a la división de poderes. En fin, lo cierto es que el carácter antidemócratico del gobierno Uribe va, por decir lo menos, un poco más allá de la intentona por lograr la reelección.

Me daré el lujo de cerrar este artículo con una suerte de silogismo práctico, que pido no sea tomado muy en serio ni por lógicos ni por políticos. El uribismo ha dejado a Colombia, tras ocho años de reinado, con el mayor índice de desempleo de Latinoamérica. Esto quiere decir que conseguir y conservar un empleo es una tarea difícil. Para lo segundo, se puede decir que un empleado promedio debe, por ejemplo, cumplir diligentemente con los plazos de las tareas que el puesto de trabajo exige. Ésta sería nuestra primera premisa, a saber: “Sólo conservan su empleo quienes cumplen con los plazos que su trabajo exige”. Tomemos ahora por caso a un colombiano actualmente empleado, por ejemplo Álvaro Uribe Vélez. En su primera campaña a la Presidencia de la Républica, el presidente Uribe prometió que la política de la seguridad democrática acabaría con las Farc en dos años o menos. Pero no tomemos estos dos años como el plazo que nuestro empleado Álvaro Uribe debió haber cumplido, sino los cuatro años que el mandato presidencial en ese entonces duraba o, si se quiere, y para no ser demasiado estrictos, los ocho años que la Constitución ahora permite. Un atento observador de los hechos señalaría sin problemas que Uribe Vélez no cumplió con el plazo (en realidad, con ninguno de estos plazos). Así que ya tenemos nuestra segunda premisa: “Álvaro Uribe Vélez no cumplió con el plazo asignado a la tarea que su empleo exigía”. La conclusión es clara: “Álvaro Uribe Vélez no conserva su empleo”. La Corte Constitucional ya se cercioró de que esto se cumpla.

Pero no basta con constatar que Uribe no debe seguir en la presidencia. Cuando alguien es contratado para ocupar un determinado puesto de trabajo, es claro que debe tener una cierta manera de hacer las cosas o, para continuar con la lógica del anterior argumento, una determinada manera de actuar con la que el empleado intenta cumplir los plazos que su trabajo le asigna a las tareas. Cuando no logra cumplir con los plazos que le asignan, se debe, en parte, a esta forma en que decide actuar. Así, volviendo a nuestro ejemplo de turno, Álvaro Uribe presentó la política de la seguridad democrática como su manera de hacer las cosas. También podríamos referirnos a la forma en que Uribe se dio a cumplir las tareas propias y ajenas del solio de Bolívar como “uribismo”. Según se dijo, el uribismo y la seguridad democrática fallaron a la hora de cumplir con los plazos que su trabajo le asignaba a las tareas que debían realizar, por ejemplo, vencer a la guerrilla.  Siguiendo la estructura del anterior argumento podríamos llegar a la siguiente conclusión, que creo debe convertirse en el imperativo categórico de los demócratas en Colombia durante esta nueva época electoral: “No sólo Uribe, sino el uribismo y la seguridad democrática, no conservan su empleo”. Así que no todo está bien tras la caída del referendo, pues, en nombre de la democracia, las urnas todavía deben vencer al uribismo y a quienes se presentan (y son) más uribistas que Uribe.

Entrando en el gran Tablero Virtual

Sobre nuestra cyborg existencia y los retos de expresa.la

El miércoles pasado tuvimos la oportunidad de asistir a la emocionante inauguración del expresa.la, un espacio virtual dedicado a la conversación latinoamericana en torno a las nuevas ideas sobre el derecho.  expresa.la es una apuesta hermosa por conectar el pensamiento jurídico de eso que llamamos “Latinoamérica”, y sincronizarlo con la nueva inmediatez de los lenguajes virtuales, que favorecen la reflexión de ideas progresistas, de cambio y acción desde el escenario de lo jurídico. Detrás de cómo expresa.la se muestra, existe una imagen potente que desarrolla en concreto la necesidad por explotar nuestra cyborg vida; aquella que como en la mejor metáfora de Haraway nos recuerda que somos mitad humanos mitad monstruos cibernéticos[1], y llevamos una memoria portátil en la USB – sin que la metáfora biológica sea una casualidad-, construimos nuestra identidad mediante el traslapo de nuestros múltiples perfiles de las redes sociales, acompañamos a nuestros amigos y a nuestra familia por messenger y nos hemos acostumbrado a “sentir” ( ) en un nuevo lenguaje emocional artificial y ficticio: aquel que está metido en este cuadro en el que escribo, que me chupa la vida todos los días, pero que es también ahora casi una parte orgánica de mi misma. Es conectar la dimensión académica a esa realidad de sujetos escindidos en que nos hemos convertido (mitad “reales”, mitad “virtuales”), y vincular el debate legal al lenguaje y la realidad de este otro nuevo mundo.

expresa.la es parte de eso. La apuesta aquí es establecer redes de conocimiento amplias que superen las fronteras artificiales que nos han separado, y capitalice nuestra nueva vida cyborg en la reflexión en torno a lo que hacemos. expresa.la es un medio informal para que pensemos alto en nuestra voz virtual, y podamos potenciar las ventajas del nuevo mundo electrónico que nos conecta en un segundo a miles de kilómetros del espacio. Es consolidar la idea de que la distancia para el conocimiento no existe, e irnos acostumbrando a que cada vez (nosotros, y sólo nosotros) tenemos menos límites, menos fronteras y menos dificultades para pensarnos y construirnos. Ahora todo está aquí…google it!

Esa nueva ventana es un reto importante para todos. Ese mismo miércoles, mientras escuchaba a Oscar Vilhena hablar sobre la viabilidad del Estado de Derecho en contextos de pobreza, pensaba en el desafío epistemológico que incluye este tipo de proyectos. Pensaba en que una nueva red latinoamericana de pensamiento jurídico tiene que traducir esa necesidad de la inmediatez y la practicidad de la comunicación en un nuevo discurso jurídico, que se fugue de las tradicionales  discusiones etéreas en torno a “un derecho que no suena”, un derecho metafísico, una academia sorda. expresa.la es la representación de un derecho que es, de un derecho que sirve, de una comunidad jurídica con activistas que piensan en el derecho como instrumento de cambio, como posibilidad de desestabilizar y construir “en los márgenes”. En nosotros está el reto de que expresa.la no sea más de lo mismo con una nueva fachada.  Tenemos que construir un correlato de la virtualidad en la epistemología, que de cuenta de cómo estamos pensando lo que hacemos para un presente construido dentro de las coordenadas de lo inmediato y lo útil; eso es lo que realmente está pendiente por expresar.


[1] Dentro del Manifiesto para Cyborgs: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX, los Cyborgs son para Haraway la metáfora teórica y política que ilustra su proyecto. Con la referencia a estos cuerpos cibernéticos, Haraway quiere representar el carácter intervenido de los sujetos posmodernos, entendidos como productos de la interacción de las tecnologías con las diluidas imágenes de los dualismos orgánicos y virtuales.

Lina F. Buchely